Desde mi ventana veo la esquina. Y no en forma figurada, sino el mismísimo cordón de la vereda dando la curva por Malabia. Desde la cama no veo un camino recto, sino uno que gira y sé exactamente hacia donde. Veo un gran árbol aún verde, hermoso, aunque a veces un poco triste, con sus ramas que quieren besar el asfalto, pero no pueden. Veo un edificio de tres pisos, al menos de tres balcones. Antiguo el señor edificio, con ventanas altas y cortinas pesadas, pero nunca veo gente del otro lado. Alguna sombra, pero nadie que reconozca en la calle. También veo un jardín de infantes. Los enrejaditos, les digo. Son hermosos pigmeos que corren algunos con pañales y otros sin, que se ríen, gritan y lloran, pero hace un mes que no logran despertarme de mis mañanas tardías. A veces los miro con demasiada emoción. La misma emoción con la que veo las fotos de mis sobrinos, los hijos de mis amigas, y de golpe, oh, ojos vidriosos y a veces lágrimas. Hoy me puse a pensar y me di cuenta, tamb...
Un poco de chancho. Otro poco de rosa.